Hace algunos años, cuando estudiaba sexología, un profesor nos habló sobre la diferencia entre ser turista y ser viajero. Y quizás te preguntes, ¿qué tiene que ver esto con la sexualidad? Mucho más de lo que parece.
El turista, cuando viaja, tiene prisa por llegar. Su mente está enfocada en la meta, en el destino final. El trayecto es solo un trámite, una parte del viaje que no merece demasiada atención. Llega a un lugar porque le han dicho que tiene que ir allí, y se asegura de tener su lista de cosas por hacer, con fotos para demostrarlo. Una vez conseguido el objetivo, se marcha, con la satisfacción de haber «cumplido».
En el ámbito sexual, esta idea de ser turista se manifiesta cuando nos fijamos únicamente en resultados: tener una erección, llegar al orgasmo, durar un tiempo determinado, cumplir con expectativas. Es un enfoque que pone toda la atención en el final del encuentro, en «llegar» a algún lado, y esto puede generar mucha frustración. Nos coloca en una dinámica de «hacer» más que de «sentir», de marcar objetivos y querer cumplirlos de la forma más eficiente posible. Y cuando no logramos lo que creemos que debemos alcanzar, lo vivimos como un fracaso.
Por otro lado, el viajero tiene una visión completamente distinta. Para él, el viaje en sí mismo es la experiencia. No hay prisa, no hay una lista predefinida. Quizás se deja algo sin ver, pero lo importante es el camino, lo que descubre y siente en cada momento. Se permite improvisar, explorar sin una guía que le diga qué hacer o cómo hacerlo. Disfruta de cada paso, sin una meta fija en la mente.
Trasladar esta idea a la sexualidad abre muchas posibilidades. ¿Qué pasaría si en lugar de buscar siempre un objetivo, nos permitiéramos simplemente vivir el encuentro? Ser viajeros en la experiencia sexual significa dejar de lado las expectativas de cómo «debería» ser o lo que «deberíamos» conseguir. No se trata de correr hacia el orgasmo o de cumplir con un rendimiento específico. Se trata de estar presentes, de sentir el placer en cada momento, sin importar si llegamos a algún lugar concreto o no.
A menudo, en las consultas sobre sexualidad, el foco está puesto en resolver «problemas» o alcanzar ciertos hitos, como si la sexualidad fuera una tarea que debemos cumplir. Y entiendo perfectamente la frustración que surge cuando no se logra lo que uno espera. Pero a veces, esa fijación en un objetivo concreto reduce enormemente nuestras posibilidades de disfrutar del encuentro erótico. Al concentrarnos en lo que falta o en lo que no está «funcionando», perdemos de vista todo lo que sí está sucediendo, todo lo que podríamos sentir si nos permitiéramos estar realmente presentes.
La invitación que te hago es a cuestionar esas metas tan rígidas que muchas veces nos imponemos en la intimidad. Las relaciones eróticas no necesitan ser guiadas por un mapa preestablecido, no hay un destino al que «deberíamos» llegar. En lugar de ser turistas que se apresuran por cumplir con expectativas, podemos ser viajeros que disfrutan de cada parte del trayecto, sin prisas, sin exigencias, explorando lo que surge en el camino.
Al final, ser viajero en la sexualidad es una invitación a dejar de lado el control, a abandonar las guías y a descubrir el placer que se encuentra en lo inesperado, en lo no planeado, en lo que sucede cuando dejamos de correr hacia algún sitio y simplemente nos permitimos sentir.
Si sientes que necesitas herramientas más prácticas para lograr este equilibrio, te invito a explorar algunos de los recursos que comparto en mi blog o a conocer más sobre cómo mejorar la comunicación en pareja en este artículo.
Recuerda que tu relación es un viaje, y está en tus manos decidir cómo lo vives. No estás solo en este viaje. Pide aquí tu cita y juntos podemos encontrar un camino hacia una relación más sana y feliz.
